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Y las responsabilidades de la epidemia de opiáceos llegaron, y también la bancarrota

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A estas alturas de la pesadilla, parece que hablar como hablábamos hace unos años de la epidemia de opiáceos es, en cierta manera, banalizar el tema como si fuese consecuencia de un factor exógeno. Pero no, realmente de exógeno no tiene absolutamente nada; más bien es todo lo contrario: es un factor muy (pero que muy) endógeno.

Pero ahora, sin ser de mucho consuelo para todas esas familias e individuos devastados por la adicción a los opiáceos, la justicia llega. Lenta pero llega. Porque si algo tiene de bueno el sistema estadounidense es que (aún) hay unas cuántas veces en las que el que la hace la paga, y lo hace independientemente de su rango social o empresarial. Y en este caso ya hay una farmaceútica declarada en bancarrota por las indemnizaciones a las que tiene que hacer frente, tras toda esta catástrofe socio-sanitaria de proporciones imponderables.

La «epidemia» que en realidad es un acto de degeneración socioeconómica y empresarial

A pesar de ser un término que desde aquí también llegamos a utilizar, pero sin ocultar ni un ápice de la evidente culpabilidad que en realidad había tras ella, la mal llamada «epidemia» más bien ha sido en buena medida una auténtica drogodependencia diseminada desde el mismo corazón de la industria farmaceútica, y por ende, desde muy adentro desde nuestros propios sistemas socioeconómicos. Las cifras son literalmente apabullantes, tal y como ya expusieron en el pasado nuestros compañeros de Xataka Magnet. Y los números no dan tregua: actualmente siguen muriendo de media 130 estadounidenses al día por sobredosis de opiáceos. Una auténtica barbaridad cuyas cifras se han disparado a raíz de este tema, y que en varios indicadores incluso han batido las siniestras marcas de los heroinómanos años 80.

Y no, no ha sido un virus o un germen, esa «epidemia» ha sido (al menos parcialmente) inoculada, y parece ser que incluso podría haber sido de forma macabramente planificada, o, al menos, conociendo a priori las consecuencias que el asunto podría llegar a infligir a la población. Tenemos así que esa «epidemia» sólo es admisible llamarla como tal por la auténtica dimensión masiva que este caso de drogodependencia ha adquirido. ¿Y cómo ha podido llegarse a esto? Pues con el claro agravante de que, al ser prescrito el famoso opiáceo OxyContin y otros por los propios médicos tan alegremente (al parecer, «alentados» desde algunas famaceúticas), el consumidor se entregaba totalmente confiado y, a la postre, desprotegido al tener baja la guardia ante el que era propio médico.

La dimensión personal y familiar de la contagiosa espiral infernal

El desarrollo de los acontencimientos se ha repetido sistemáticamente una y otra vez hasta la saciedad, paciente tras paciente, individuo tras individuo, adicto tras adicto, vida tras vida, sobredosis tras sobredosis. Cuando el dolor a mitigar desaparecía y el médico dejaba de ver necesario seguir recetando el funesto OxyContin o similares, el paciente, acostumbrado a una opiácea sensación de bienestar de la cual ya le resultaba difícil prescindir, pasaba a comprar la misma medicación en el mercado negro. Pero lo que tienen los opiáceos es que el cuerpo recuerda y ansía lograr el mismo nivel de «cuelgue» sensorial, y por otro lado el cuerpo se habitúa muy rápidamente a ellos, con lo que la misma dosis en poco tiempo ya no «coloca» lo mismo. Ése es el punto crítico y el verdadero salto al abismo en esta «epidemia».

Ante el elevado precio de los medicamentos opiáceos en el mercado ilegal, algún «elemento» de su entorno, les acaba recomendando dar el salto a la siempre siniestra heroína. Misma opiácea sensación, pero con muchos menos decigramos por la potencia de este estupefaciente. Aunque de nuevo la heroína hace honor a su opiácea condición, y la dosis necesaria para conseguir la misma intensidad de paraíso artificial va subiendo y subiendo, hasta llegar al orden de los gramos cada un paréntesis de varias horas o pocos días. Y claro, la heroína en esas dosis tiene un coste desorbitado. El horror llega poco a poco, en lo que se suponía que era una salida que en realidad no llevaba a ninguna parte, y que convierte esos paraísos artificiales en infiernos muy reales cada vez que se pasa el efecto estupefaciente. Ahí viene, aparte de la dependencia física, la también temible componente de la dependencia psicológica: ¿Para qué despertar del dulce sueño heroinómano y aterrizar con inusitada dureza en un infierno de «mono» físico y una vida destrozada a la que vuelven a tener que enfrentarse?

Y eso debería ser un claro agravante, porque así esta «epidemia» de opiáceos no ha sido ni de lejos exclusivamente una moda de adolescentes, ni un hábito propio de zonas de discotecas, ni una adicción de ciertos estratos sociales excluídos de la sociedad que buscan refugio donde no lo hay, ni una auto-lesiva tendencia de ciertos individuos con claros síntomas de auto-destrucción… No, con el OxyContin han caído en el mundo de la heroína innumerables padres y madres de familia con una vida estable, con hijos, con un cierto nivel de madurez, y con un entorno en general poco propicio para elegir por voluntad propia la auto-destrucción. Y no es que su vida valga más que la de los otros grupos sociales, pero ello demuestra que el drama es (al menos parcialmente) inoculado en vena contra su voluntad, y además alcanza una dimensión personal y familiar indescriptible.

Así, en determinados condados de EEUU, es habitual que la policía se encuentre coches abandonados durante horas, y a los que acude ante la llamada de algún transeúnte que pasaba por allí. Al llegar se encuentran con escenas crudas y dantescas al extremo, con padres y madres en los asientos delanteros del vehículo que se han ido «de viaje» a un paraíso artificial, y muchas veces con la goma y con el pico todavía puesto en vena o con el «chino» de papel de plata y la cánula para inhalar todavía calientes. Y sus hijos quedan abandonados en el asiento trasero del coche, tan solos como si estuviesen con un cadáver durante las horas que dura el siniestro viaje de sus progenitores, y que les dejan sólo de cuerpo presente.

Imaginen a qué nivel de adicción han llegado estos seres humanos que no les importa que sus propios hijos presencien en primera persona tan macabra escena, ni aun a sabiendas de que los niños memorizan hasta lo que no entienden a día de hoy. Y un día crecerán, y entenderán qué era aquello que hacían sus padres en el asiento delantero del coche familiar, y como todos los niños, es muy fácil que acaben imitando lo que veían en sus padres. No niego que esos niños son lo que más quieren en el mundo esos padres drogodependientes muchas veces iniciados por el OxyContin u otros, pero está claro que la dependencia los ha convertido en autómatas que buscan su dosis por encima de todas las cosas, incluso por encima del amor a sus propios hijos. Ésa es la verdadera dimensión de un drama que tardará generaciones en ser borrado del mapa de muchos condados estadounidenses, azotados entre otros factores por esta nueva forma legal de iniciarse en el ilegal mundo de las drogas.

Ni todos buenos, ni todos malos… Ni todo malo, ni todo bueno… La escala cromática es rica y con matices

Debemos romper también una lanza a favor de esa línea de medicamentos, los opiáceos, que han aliviado dolores extremos, e incluso suavizado la agonía de una muerte lenta y dolorosa a incontables pacientes. No se puede satanizar automáticamente a unos fármacos que han aportado mucho a la asistencia sanitaria y a la calidad de vida de muchos enfermos, que además generalmente lo son de enfermedades especialmente graves o dolorosas. Las unidades del dolor son esenciales especialmente en el caso de enfermos terminales. No se lleven de este artículo la idea de que los opiáceos no hay que tomarlos jamás de los jamases. Lo único que hay que hacer es tomarlos sólo cuando estén indicados (de verdad), y bajo un escrupuloso seguimiento médico que permita detectar ciertos efectos secundarios y potenciales dependencias antes de que sea demasiado tarde.

Pero eso es precisamente lo que ha fallado en la mal llamada «epidemia» de opiáceos de EEUU. Y claro, el riesgo además es que el narcótico mal se está extendiendo de país en país, especialmente cuando EEUU marca muchas veces tendencia en múltiples planos socioeconómicos. Así, la heroína se ha puesto de moda otra vez en ciertas esferas también de otros tantos lugares: las cifras de heroinómanos también (des)cotizan al alza en nuestro país.

Que conste que, para que el mal se extendiese tan rápida y masivamente, han coincidido en el tiempo una serie de factores que han hecho que el lobbying de opiáceos haya sido como echar gasolina al fuego, sin que ellos dejen de ser ni un ápice unos auténticos pirómanos de libro. Para poder valorar todo el panorama en su conjunto, hay que remontarse a la época de la Gran Recesión. Si bien los opiáceos estaban presentes en el mercado y en las consultas desde hacía tiempo, y ya suponían una amenaza para la salud nacional, fue especialmente a raíz de las deplorables condiciones socioeconómicas que sobrevinieron a muchas familias con la temible crisis subprime con las que también fueron empujadas masivamente a querer escapar de una realidad que ya era ciertamente terrible de por sí.

Ése fue el tortuoso sendero que muchos recorrieron con más ansiedad y desesperación que consciencia, especialmente tras hacer probado la sensación de los paraísos artificiales de la mano de una receta legal, pero que, al buscar la salida a sus problemas financieros y laborales donde no estaba, sus vidas pasaron de aquellos terribles problemas a ser ahora un auténtico infierno. Así analizamos la situación socioeconómica del país en un plano más general y en aquellos momentos puntualmente con el artículo «El American Dream está roto y por eso los americanos votan a Trump: «Es la economía, estúpido»». Y con esta dimensión de drama familiar y personal, para qué nombrar siquiera que el tema se ha convertido incluso en un macroeconómico asunto plenamente socioeconómico, en el que una proporción relevante de la población en edad de trabajar ya no es ni tan apenas apta para hacerlo, mientras que muchas empresas no pueden cubrir sus necesidades de trabajadores. De hecho, hasta la FED tomó cartas en el asunto e hizo unas significativas declaraciones al respecto.

Una vez hecho el ejercicio desde estas líneas de demostrar el colosal daño en toda su extensión que han hecho estas censurables prácticas, creo que ya todos aquí somos conscientes de que el asunto debería ser punible. Pero las cosas no son tan fáciles judicialmente, y para poder resolver cuestiones judiciales, no sólo las cosas se tienen que tener claras y ser verdad, sino que además hay que poder demostrarlas (y muy bien demostradas).

Purdue Pharma en el banquillo de los acusados y… en el fatídico capítulo 11 de EEUU para las quiebras empresariales

Pero así ha sido en esta mediática ocasión, y ya tenemos a Purdue Pharma, la fabricante del OxyContin y primer responsable en caer del entramado de «promoción» y lobbying de analgésicos opiáceos entre la comunidad médica, bajo una complicada situación judicial y legal. Cuando este complejo proceso legal se inició, ya les analizamos desde estas líneas todas las implicaciones socioeconómicas y políticas que un caso así de revelador demostraba, en especial en lo referente a los eufemísticamente llamados «lobbies».

Esta compañía en cuestión está sucumbiendo bajo un auténtico aluvión de miles de indemnizaciones millonarias, cada una por parte de un estado, ciudad, o condado que representa a su vez a miles o millones de ciudadanos afectados. Ello marca una gran distancia con otros litigios comparables del pasado, y hacen de éste un caso legal verdaderamente único y sin precedentes. Desde la compañía tratan desesperadamente de cerrar todos estos litigios, no sin polémica y desacuerdos, y que le han llevado a la citada bancarrota.

Mientras tanto, la familia propietaria, los Sackler, están incomprensiblemente pudiéndose llevar cientos de millones de dólares a cuentas suizas y de otros países. Así, el daño es doble para los afectados: no sólo les han destrozado la vida, sino que además puede acabar no habiendo el dinero que debiera para que cobren ni una mínima fracción del daño que les han ocasionado tan despiadadamente. Pero hay otras empresas farmaceúticas bajo sospecha, y susceptibles de acabar sufriendo en sus propias carnes una situación similar. Así, al calor del proceso contra Purdue Pharma, tratan de evitar sus propios litigios adheriéndose oportunistamente a la resolución final del conflicto a la que pueda llegar Purdue.

Y el dinero no es ningún consuelo para estas espirales infernales de degradación personal y social, pero ese resarcimiento es simplemente justo y necesario… y, sin ser para nada ninguna justificación, lamentablemente también es económicamente inviable: los sufridos heroinómanos llevados de la mano al siniestro mundo de la drogodependencia con eso se quedan. Tocados de por vida, y muertos financieramente tras arrasar ellos mismos sus cuentas bancarias para seguir pagando esos venenosos gramos de heroína, en los que acabaron en incontables casos tras el iniciático tratamiento a base de OxyContin u otros.

Con la bancarrota de Purdue Pharma se cierra un ciclo, pero sólo en el plano socio-sanitario y judicial. El ciclo socioeconómico tardará años en limpiar los restos de la epidémica adicción de sus venas. Y también está seriamente manchada la imagen de un sector farmaceútico en el que unos pocos han manchado el nombre de todos. Porque la farmacología, como buena ciencia que es, supone una de las bases fundamentales que han catalizado junto a la atención sanitaria que nuestras sociedades hayan llegado al nivel de desarrollo y bienestar que hemos alcanzado. Y vaya por delante que esto lo digo más por el sector a nivel nacional que internacional, porque como ya les analizamos en «Enfermar de cáncer en EEUU deja heridos de muerte los ahorros de toda una vida», el sector sanitario español es una joya de la que podemos sacar (mucho) pecho, y que en otros países como el propio EEUU no tienen ni de lejos (con todo lo que ello implica a nivel socioeconómico).

Y todo castigo es poco para la dimensión social y personal de todo el incalculable daño causado. Porque ya me dirán ustedes qué ética corporativa (y personal) hay tras vender irresponsablemente sustancias que serán legales, pero que también son tremendamente adictivas, y máxime con un entramado de «lobbying» de prescripciones con evidente ánimo de lucro. Todo el asunto no será irregular porque las recetas eran legales, pero es más que probable que algunos fuesen perfectamente conocedores de los grandes riesgos, y aun así promocionaban recetar como simples analgésicos un tipo de opiáceo sólo indicado para un uso restringido y bajo determinados diagnósticos concretos. Y la demostración irrefutable es que alguna de esas compañías esté tratando de cerrar por todos los medios las causas judiciales abiertas, asumiendo incluso ir a la bancarrota.

A veces la legalidad es una tenúe línea que sólo depende de a qué lado del folio legislativo caen las letras de cada ley, pero hay acciones que, sin ser estrictamente ilegales, debe considerarse que puedan ser tratadas como tales, especialmente cuando muy probablemente no hubiese desconocimiento, y además muy probablemente se podían imaginar las también muy probables consecuencias. Y eso por no hablar de lo censurable que es a veces el sector del lobbying, que muchas veces hace disimulados y burlescos equilibrios sobre la línea que separa la legalidad de la ilegalidad.

La realidad a veces no es que sea agria, es que es directamente intragable. De acabar de probarse cierto, todo lo que les pueda pasar (judicialmente) a empresas como Purdue Pharma y sus responsables podría ser poco, y además no sería ningún consuelo. Pero tampoco desesperen a nivel sistémico, pueden lógicamente rasgarse las vestiduras, pero no se golpeen en el pecho con el machete en la mano, y tengan en cuenta que, al menos en esta ocasión, el sistema legal ha hecho su trabajo: hay ahí fuera no pocos países en los que es la propia mafia la que está instalada en el poder, y donde nunca pasa nada (a algunos), incluso con los muertos calientes encima de la mesa. ¿Estamos mal? Sí, pero vaya por delante que, además, en el tema de hoy hablamos de EEUU, y las diferencias con Europa en estos aspectos son ostensibles, especialmente en sanidad. ¿Hay otros peor que nosotros? Mucho peor, y además sin derecho a rechistar. ¿Es eso un consulelo? Ninguno, pero debe ser encajado como un acicate para seguir mejorando, no para destruirlo todo y volver marcha atrás. No se rindan, el camino se hace al andar, y los países desarrollados van en cabeza en bienestar en términos globales: mientras nos dejen seguir avanzando o, más bien, retomando el ritmo de avance…

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